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Ayer, viernes 8 de septiembre, le tocó al complejo penitenciario de #Olmos, ubicado en La Plata. Es uno de los más grandes del país, viven 2.700 personas privadas de su libertad.
Había muchos muchachos con ganas de entrenar, se acercaron a participar, nuevamente de diversos pabellones, ¡algo que no es habitual! 

Se divirtieron mucho y preguntaron muy ansiosos cuando íbamos a volver, por suerte quedó un grupo consolidado de voluntarios del Club San Luis, de La Plata Rugby y de U de la Plata, sumado al gran apoyo del Jefe de Penal, el servicio y a los profesores que trabajan dentro; va a ser un gran equipo, sin dudas.
Todo comenzó hace muy poquito, cuando Coco y Julián Weich dieron una charla en el Club San Luis para captar los voluntarios y no sólo se logró eso, sino que muchas manos ayudaron y hoy están cerca de terminar una cancha dentro del complejo exclusiva para jugar al rugby.
El 22/9 se va a inaugurar con equipos de jóvenes adultos (hasta 21 años). En Olmos ya jugaban los jóvenes y a partir de ayer empezaron a jugar los más grandes.
¡Digamos SÍ a las segundas oportunidades!
#LosEspartanos
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En los 20 años de Unione Rugby Capitolina

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En el 2015, cuando Los Espartanos visitaron Italia para conocer al Papa Francisco, jugaron un partido de rugby frente a los veteranos de Unione Rugby Capitolina, uno de los clubes más populares de Roma.

En la publicación del libro de los 20 años de la historia del Club, le dedicaron varias hojas a aquel partido.

Los Espartanos quedaron plasmados en la historia del club Italiano:


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Los Espartanos en medios franceses

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La revista “Tampon!” de Francia publicó una nota sobre Los Espartanos: “Rugby entre las rejas”

Texto: Ricardo Mestre

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Eduardo “Coco” Oderigo se pasó más de diez años metiendo en la cárcel a secuestradores, ladrones y gente de mal vivir. Hasta que un día de 2009, y por insistencia de una amigo, decidió darse una vuelta por el penal de San Martín, a las afueras de Buenos Aires, para comprobar cómo vivían todos esos maleantes que infringían la ley. Al abogado Oderigo no se le iban de la cabeza las imágenes de los internos en el penal. Aficionado tardío al rugby, pensó entonces que ese deporte lleno de valores podía ser la excusa perfecta para atraer a los presos hacia una actividad que influyera en una rehabilitación adecuada. Así nacieron Los Espartanos, el equipo de rugby del penal de San Martín que ya se ha batido en el campo contra policías y fiscales y cuyas hazañas han llegado incluso a las puertas del Vaticano.

Pero Los Espartanos (bautizados así por un amigo de Oderigo amante de la película “Los 300”), es más que un club. Mucho más. Es toda una filosofía de vida. El particular club de este abogado porteño de 45 años tiene por sede el penal de máxima seguridad de San Martín, enclavado en las afueras de Buenos Aires junto a un basurero gigantesco que escupe hollín las 24 horas del día. Ahí -en el pabellón 8 de la cárcel- se encuentra el banquillo del equipo, 39 hombres condenados por diversos delitos a los que ahora les une un mismo propósito: la rehabilitación a través del rugby y el empeño en rehacer unas vidas desahuciadas desde la adolescencia. Más de 300 ex presos han pasado ya por la “terapia” de Los Espartanos: entrenamientos diarios en el patio de la prisión, un rezo del rosario colectivo todos los viernes y una constante disciplina para cambiar la mente “al cien por cien” asumiendo valores como el compañerismo, la humildad y el respeto por el otro. El rugby como redentor de almas perdidas.

Los bravos espartanos ya se han batido en la cancha muchas veces. Hace dos años jugaron en el Estadio Único de La Plata contra un grupo de jueces y fiscales. Los mismos jueces y fiscales que les meten entre rejas. Y en otro memorable encuentro se enfrentaron a un combinado de la policía metropolitana. Ladrones y agentes del orden dándose empujones para disputarse una pelota ovalada. En la cancha, todos iguales. Los muchachos de Oderigo son disciplinados. Y saben que si no se equivocan, enderezarán sus vidas. El escaso nivel de reincidencia de los ex presos “espartanos” (no llega al 5%) sorprende si se compara con el promedio oficial que registra la conflictiva provincia de Buenos Aires (por encima del 50%). La apuesta de Oderigo es tan seductora que ya hay réplicas en 18 cárceles argentinas.

“Le propuse al director del penal de San Martín entrenar a un grupo de presos y accedió”, cuenta Oderigo en uno de los patios de la prisión donde los Espartanos están a punto de comenzar el rezo del rosario, una práctica que realizan todos los viernes del año. A los presos les gustó la idea de descargar su energía en un juego agresivo pero con reglas que cumplir, les gustaba taclear al adversario pero sin que eso supusiera tener que liarse a puñetazos como en las calles del barrio. “Al principio -cuenta Oderigo- teníamos presos de distintos pabellones y no fue muy fácil armar el equipo”.

Después todo se centralizó en el pabellón 8. Allí sueñan hoy 39 espartanos con rehacer su vida cuando cumplan su condena. Junto a varios carteles de Jesucristo, no faltan en el pabellón las fotos de sus encuentros más laureados, como el que jugaron contra el grupo de fiscales o el que les enfrentó a sus enemigos naturales: el cuerpo de la policía metropolitana.

El patio del pabellón 8 se ha convertido desde hace cuatro años en una suerte de lugar sagrado cada viernes del año, cuando los Espartanos atienden el rezo del rosario. Para Oderigo se trata de una actividad complementaria al rugby: “Le dio un plus importantísimo al proyecto; empezó a venir mucha más gente”. En ese encuentro espiritual participan los presos y un puñado de amigos y conocidos de Oderigo, jóvenes y mayores pertenecientes a la clase alta argentina. Es una mezcla curiosa. Empresarios entrados en los 40 y sus hijos adolescentes pertenecientes a la alta sociedad porteña se hermanan con aquellos que provienen del estrato social más bajo del sistema. Los Audis y las camionetas de alta cilindrada aguardan afuera, pero en el interior todos son iguales durante unas horas.

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“Para mí venir a la cárcel es como una adicción. Necesito venir, se te va todo el estrés que tienes adentro; yo vengo acá a buscar la paz en la cárcel. Yo pongo mi granito de arena pero también recibo mucho, es una ganancia espiritual la nuestra”, explica Jorge “El Negro” Mendizábal, empresario exitoso de una franquicia de comida rápida, entrenador ocasional de rugby y colaborador de Oderigo en un proyecto que, si se observara sólo en términos estrictamente económicos (algo que no es el objetivo de sus fundador ni mucho menos), sería beneficioso para el Estado. “Con el proyecto de siete años de Los Espartanos, ahora hay 300 tipos que ya no destruyen familias. Eso supone unos 40 millones de ahorro al año para el Estado”, según sus cuentas.

Pero la escasa reincidencia de los ex espartanos se mide en otros términos, mucho más provechosos para la sociedad. Casi todos los presos del pabellón 8 tienen un trabajo asegurado cuando salen de prisión gracias a Mendizábal y otros empresarios, y a la labor de un equipo de técnicos que se encarga de buscar empleo para los excarcelados. Más de 300 ex presidiarios han conseguido ya rehacer sus vidas.

Poco a poco, equipo de rugby de Oderigo ha ido cobrando fama. The New York Times retrató hace unos años a los guerreros espartanos, cuya leyenda llegó a oídos del Vaticano. El papa Francisco recibió el año pasado a una delegación de jugadores, coordinadores y funcionarios de la cárcel y les animó a continuar con el proyecto. “Nos dijo que esto recién empezaba y que tratáramos de continuar y replicar el proyecto en más lugares de Argentina”, cuenta Oderigo. Y ahí siguen. En el penal de San Martín, donde arrancó el proyecto, cada martes y viernes se juntan dos mundos. Rezan, charlan, bromean, juegan al rugby…

Gabriel Márquez es el capitán de los Espartanos. Acaba de cumplir 23 años y le quedan todavía seis años para salir de prisión. La juventud perdida por unos pesos. Sabe que su condena de diez años es un regalo divino para los cargos que le imputaron: robo calificado, portación de armas, intento de homicidio… No ha salido mal parado después de todo. Más que arrepentido parece enojado consigo mismo. Enojado con la vida que le tocó vivir, con su infancia en una familia de pobres entre los pobres, con los errores cometidos.

Embarrado después de un duro entrenamiento, Márquez mira a los ojos a los jóvenes voluntarios de la exclusiva zona de San Isidro (en la privilegiada zona norte de Buenos Aires) y vuelve al juego. No hay resentimiento en su mirada. Tampoco trasluce desconfianza Tomás Pistone, un chaval de 17 años, hijo de un ex rugbier, que estudia en el exclusivo colegio Newman de San Isidro (“Está bueno que se haga esta actividad porque así ellos descargan la bronca”). Todos iguales en la cancha.

Pese a su juventud, a Márquez lo eligieron capitán sus compañeros por encarnar -asegura- esos “valores que hay en el rugby”. Al joven delincuente, el deporte le ha abierto las puertas para poder ver más a menudo a su compañera y a su hija Ámbar, de un año. Ahora espera que la vida le dé una segunda oportunidad. En su localidad bonaerense natal, San Miguel, la delincuencia es moneda corriente. Perdidos los mejores años de su juventud, tendrá todavía mucha vida por delante. Y un pasado para olvidar: la pobreza y la marginalidad como compañeras habituales de una infancia vivida junto a once hermanos. “Si nacés entre un grupo de delincuentes -cuenta-, lo que vas a hacer es delinquir. Mis padres eran pobres cuando se conocieron; mi papá andaba en la delincuencia, pero mi mamá era evangelista y le cambió la vida a mi papá. Se separaron cuando yo tenía nueve años y yo me quedé a vivir con mi papá. Salía a trabajar de ambulante, yo casi no lo veía. Dos de mis hermanos estuvieron presos. Yo era un pibe problemático, tomaba cocaína, fumaba marihuana…”.

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Junto al capitán Márquez otro de los habituales en Los Espartanos es Alejandro Sandalie, 35 años, un wing (ala) rápido al que le cayeron 14 años y medio por robo. Cuando corre por la cancha como una gacela piensa en su hija Priscila, de tres años. Bueno, en ella y en sus otros cuatro hijos que tuvo con cuatro mujeres distintas. Cayó preso en 2003 por robar en una fábrica de donde pretendía llevarse, revólver en mano, unos 40.000 pesos, buena plata en aquella época. Pero el negocio salió mal. Apareció la policía y Alejandro se llevó de premio un balazo en el pie: “Fue una condena justa; en realidad me tenían que haber dado 25 años. Saqué plata a gente que trabajaba conmigo y los amenacé con armas”.

No hay espartano que no quiera contar su historia. Relatos de infancias atravesadas por una pobreza secular. Desventuras de unos villanos que son al mismo tiempo víctimas de esa selva que es el conurbano bonaerense y que carcome las vidas de millones de personas. Como la de Jonathan Acevedo, 28 años, un tipo espigado y parlanchín que ha convertido la celda que comparte con Alejandro en el museo de los Espartanos. El joven delincuente ha recreado en un tabuco de dos por dos algo parecido a los museos de los grandes clubes: paredes empapeladas de banderines y cartelitos de rugby y fútbol, fotos, camisetas, medallitas, bandejas, trofeos… Y mientras muestra esa pinacoteca kitsch, relata su odisea, una historia en la que él no es el héroe precisamente. Jonathan tiene una condena de 13 años. Y ya lleva seis entre rejas. Su delito: homicidio con ocasión de robo. “Sí -se sincera-, disparé y maté a una persona”.

Compañerismo, respeto, ayuda mutua, disciplina… Son los “valores” que repiten como un disco rayado todos los Espartanos. ¿Hasta dónde se les puede creer y hasta dónde responde su actitud -una extrema amabilidad con el visitante que desentona con los vituperios que se escuchan desde las celdas de otros pabellones menos glamourosos- al desasosiego y a la falta de expectativas vitales de todo presidiario? Es difícil saberlo pero sea como sea, los Espartanos cumplen las reglas -por convicción o interés- a rajatabla. Todos han dejado las drogas que consumían antes de recalar en el pabellón 8. Todos tienen claro que o se cambia al cien por cien o no se cambia. Todos, o casi todos, tienen familia, hijos. Todos sueñan con un trabajo al salir de la prisión. Y algunos, como Ariel Jorge, ya saben cómo se va a llamar su negocio: “Comidas Los Espartanos”. Ariel es uno de los más veteranos. Tiene 43 años. Atracó un concesionario de autos. Cocinero de profesión, está a punto de salir de prisión y ya ha decidido homenajear al equipo con su local de comidas: “Voy a hacer ñoquis con tuco (salsa de tomate), muchas pizzas y muchos churros”.

Dicen que en el pabellón 8 de la prisión de máxima seguridad de San Martín no hay peleas. Dicen que no hay discusiones. Ni drogas. Dicen que los internos se turnan para echar la siesta y también para escuchar música. Dicen que cada quien escucha lo que quiere sin molestar a los demás. Algunos, como Ariel, escuchan música evangélica: Jesús Adrián Romero y Marcos Witt son sus ídolos. Y dicen que todos tienen claro cuáles son las condiciones de vivir en ese pequeño remanso de paz. Quien no pueda con ellas -aclara Ariel- tiene la puerta abierta: “Algunos se fueron porque no se lo bancaban y seguían con su vida. Se tuvieron que marchar. Esto es para cambiar tu vida al cien por cien. Si no, es mejor que te vayas”.

Matías Nuesch, 29 años, se lo bancó. Lleva un tiempo sin entrenar porque anda, como otros tres o cuatro espartanos, con la pierna quebrada. El rugby no es un deporte para cualquiera. Matías juega de segunda línea. Para los equipos contrarios no debe ser fácil taclear a un tipo como un armario que asaltó diez gasolineras sin ayuda de nadie: “Me taclearon dos jugadores de un equipo de Hurlingham. Me pusieron diez tornillos y unas placas de 17 centímetros. Me tuvieron que quitar un hueso de la cadera para ponerlo abajo. Y ahora tengo que esperar a que me operen otra vez”.

Nuesch lleva seis años en la cárcel y dos años y medio en Los Espartanos. Recorrió once cárceles. En el pabellón 8 de San Martín -asegura- asentó la cabeza: “Agarraba al que estaba fuera en la estación de servicio y lo metía adentro. Después reventaba la caja y me llevaba la plata”.

Un récord que le podía haber salido carísimo. Si le hubieran aplicado la ley al pie de la letra le habrían caído tres años por cada asalto. Treinta años. En el negocio de la justicia, Matías fue avispado. De 30 años posibles, el juez le endosó 14. Su abogado logró regatear y al final firmó por siete. En la calle le esperan tres hijos. A la mayor, de doce, hace seis años que no la ve. “Quiero devolver afuera un poco de lo que me dieron acá los Espartanos”, confiesa.

Cuando Oderigo, Mendizábal y el resto de entrenadores y colaboradores escuchan reflexiones como la de Matías, sienten que su proyecto tiene sentido. “Cuando fuimos a ver al Papa -recuerda Mendizábal-, les dijo a los ex Espartanos que si él hubiera estado en su situación social, él habría caído preso también. Y luego les animó a seguir adelante”.

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El proyecto de Oderigo, cuyo bajo perfil hizo que al principio no le comentara a casi nadie en qué andaba metido, desentonó en un primer momento en el ambiente social en el que se desenvuelve: “Las críticas de nuestros amigos existieron. La cárcel no es lugar para ustedes, nos decían. Pero nosotros nos logramos meter por el medio. Y ahora casi está de moda y van muchos jóvenes y mujeres”. La perseverancia de Oderigo superó los resentimientos iniciales y logró romper tabúes. “Generamos empatía de los dos lados. Y unimos dos mundos que parecían irreconciliables. Es la imagen de esa unión entre el que más tiene y el que menos tiene tomando un mate y respetándose”. Hay una anécdota que siempre le gusta contar a este abogado porteño. En cierta ocasión, uno de sus ocho hijos, menor de edad, fue a jugar al rugby un día con los Espartanos y la experiencia le cambió su manera de ver a los demás: “Un día estaba en un cumpleaños y alguien le gritó ‘villeros’ a un grupo de chicos. Mi hijo se lo recriminó al instante y les explicó a sus amigos que la pobreza no era sinónimo de maldad”. Para Oderigo, esa actitud de su hijo justifica ya por sí sola toda su dedicación al proyecto.

Un grupo de espartanos rodea al grandullón Mendizábal al término del entrenamiento en el patio del penal de San Martín. Lo taclean y lo llevan en andas hasta el charco más grande de la cancha. Un segundo después, Mendizábal es un muñeco de barro. Todo son risas. Es una forma de agradecimiento. Mendizábal está lleno de barro pero se le ve feliz. Los Espartanos han vuelto a completar un entrenamiento bajo sus órdenes. Están en forma. Y el sueño de Eduardo “Coco” Oderigo sigue vivo.

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Unión Rugby Club, un nuevo equipo.

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Dos de los voluntarios de la Fundación Espartanos, Martín Vivot y José Giorgi, tomaron la iniciativa de avanzar con el rugby en la Unidad Penitenciaria Nº 46, vecina de la Unidad Nº 48 donde están Los Espartanos.
Martín nos cuenta la experiencia y cómo arrancaron.

“No recuerdo bien si fue el miércoles 13 o el 20 de abril, pero fijamos para ir todos los miércoles por la mañana que era el día donde todos coincidíamos y así comenzamos con José Giorgi y Luciano Campese más cuatro internos en un pequeño espacio con forma de triángulo. Alguna que otra vez tampoco pudimos disponer de ese pequeño triángulo y entonces nos juntábamos en un pequeño patio donde hacen práctica de boxeo. Nos comprometimos a que al menos uno de los tres de nosotros iba a ir todos los miércoles y, como menciona Coco cuando lo entrevistan, hasta la fecha nunca dejamos de ir, cosa que las personas privadas de su libertad no pueden creer.

Con el tiempo se agregó Javier Piscitelli, un poco después Miguel Matioli, Juan Castro y un par de chicos más como entrenadores y, por suerte, cada vez más jugadores…

Así , avanzando en el tiempo, fuimos aprendiendo el “idioma” propio de la unidad. Al principio había un listado oficial sobre el que se guiaba el Servicio Penitenciario pero con poca gente, con el tiempo comenzamos nosotros a hacer la recorrida buscando la gente de los diferentes pabellones, pudiendo así tomar nota de quién faltaba y cual era el motivo por el cual faltaba.

Así se fueron sumando internos, incluso aquellos que decían “yo soy muy chiquito”, “yo no tengo estado” o “no tengo la menor idea de rugby” y llegamos a entrenar a 25 internos. Con el tiempo también conseguimos utilizar la cancha de fútbol, que es central en la unidad, pues como mencioné antes, no teníamos disponibilidad de la misma porque era usada para las “requisas” u otros menesteres en los mismos días y horarios que íbamos nosotros. Hoy, ya rara vez, no tenemos disponibilidad de la cancha, y además del miércoles se consiguió un segundo día para entrenar, los lunes por la mañana.

En el mes de octubre, hacia fines del mismo, ya con gente más “consolidada” se le puso el nombre al equipo, que como resultado de que hay un interno que juega de un pabellón, tres de otro, y así sucesivamente, el nombre elegido fue UNION RUGBY CLUB ya que además de estar repartidos, todos “velan” por el otro.

Ya comenzando el mes de noviembre y gracias a una gestión de José Giorgi, se consiguió una donación de 34 camisetas por parte de la gente de San Martín Rugby Club para todos nuestros jugadores. Así se les entregó, haciéndose cada uno “responsable” por su camiseta, cuidando de la misma que no “desaparezca”, que se mantenga “limpia” como el jugador, y que si se retira, por algún motivo del equipo, debe reponer la camiseta al equipo, puesto que las mismas son del equipo, y no propiedad de la persona. En noviembre se eligió al capitán y subcapitán, dándole así la “formalidad” que necesitaba el equipo.

También, a principios del mes de noviembre, y a raíz de un contacto de José Giorgi con una persona de marketing de la UAR, nos donaron remeras de la UAR que en el frente dicen: #RESPETO. Estas, una por semana, se la comenzamos a entregar a aquel jugador que durante la semana cumple con el valor, tanto en la cancha, como en la convivencia con los demás. Fue muy bien recibida.

La “coronación” de todo ésto, fue la participación en el “torneo” organizado en Campana, la felicidad de los muchachos de salir a jugar afuera fue indescriptible.

Lo que pudimos observar, es que en diferentes oportunidades de conflictos que se sucedieron en la unidad, no ha habido ninguno de los que participa en el equipo involucrado, cosa que antes sí sucedía.

Por otro lado, en el mes de octubre junto a Guada Yofre, Lola Navarro, Isa Thibaud, el “Gordo” Cufre y un par de chicos más, comenzamos con el rezo del Rosario, todos los lunes por la tarde, cosa que también ha causado “sorpresa y alegría” en los internos, en el Servicio, y en gente que ya venía visitando la Unidad de antes.
¡Cuando arrancamos con el primer Rosario tuvimos el casamiento de un interno! Fue muy movilizador”.

Los entrenamientos son los lunes y miércoles de 8:30 hs a 11:45 hs.
El rezo del Rosario son los lunes de 14:15 hs a 16 hs.

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Eduardo Oderigo: “Queremos que salga la mejor versión de ellos de la cárcel”

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Abogado penalista y ex jugador del SIC, hace siete años decidió crear un equipo de rugby integrado por presos, con el propósito de reducir los índices de reincidencia. Elogiada por el papa Francisco, la idea se convirtió en un proyecto exitoso que se expande por el país.

Eduardo Coco Oderigo pide tackles bajos. En el Coliseo, la cancha de la Unidad Penal 48 de San Martín, se juega fuerte. “¡Cuclillas. Tomarse. Ya!”, grita el entrenador. El sol de diciembre quema las cabezas y recorta los músculos marcados de los jugadores. Un hilo de sangre baja por el brazo de uno de ellos. Son Los Espartanos, el equipo de rugby conformado por los presos del pabellón 8 que Oderigo entrena desde marzo de 2009. La principal arma de Los Espartanos es la entrega y el sacrificio. En cada tackle se arrojan al suelo de tosca y piedra con la furia contenida tras rejas, muros, guardias y perros. Una nube de polvo los envuelve cuando lo hacen. En el centro de esta cancha ardiente enmarcada por el alambre perimetral, la mirada de Coco sigue la acción.

“Es clave cuando se animan a tacklear. Animate a un grandote que viene corriendo. El día que te animes a entregarlo todo, a lanzarte así, empiezan a generarse los cambios. Piensan: yo puedo. Y también puedo trabajar, estudiar y cambiar mi destino. Les cambia la personalidad”, dice Coco, que llegó a jugar en la primera división del San Isidro Club (SIC).

Remera y cortos blancos, medias caídas, botines con tierra. Siempre el mismo equipo para entrar en la cárcel de máxima seguridad donde cada martes lo esperan personas privadas de su libertad por delitos como robo con arma, toma de rehenes y homicidio. Adentro de la cancha son jugadores de rugby. Son libres.

Apenas el abogado penal de 46 años pone un pie en la cárcel, tiene cerca a algún Espartano. “¡Eh, Coco!”, se oye a cada paso que da. Ante el saludo que retumba en la entrada, en los pasillos o en la cancha, frena su andar atlético de medio scrum. Le piden que gestione algún medicamento o autorización. Eduardo ejerce con humildad un poder sagrado para los 40 presos del pabellón 8: es el que abre puertas. Las abre para que el día de mañana, cuando salgan, tengan un futuro.

¿Cómo nació la idea de enseñar a jugar rugby en la cárcel?

Un amigo me pidió ir y fuimos a la Unidad 47 de San Martín. Vimos gente totalmente abatida, con resentimiento. Sentí que los estaba invadiendo. Y también sentí que podía ser más útil de lo que ellos pensaban de mí: este garrrca que viene a mirarnos. Después volví y fui a la de máxima seguridad. Le dije al director del penal que quería enseñarles a jugar al rugby y que iba a volver el martes. Me quería sacar corriendo. Me dijo: “¿Personas violentas jugando a un deporte violento? No va”.

¿Cómo fue el primer entrenamiento?

Estaba el lunes a la noche en el estudio trabajando. Ahí me acordé: mañana tengo que ir a una cárcel de máxima seguridad a enseñarles a los presos más peligrosos a jugar rugby. Ahí fue que llamé a un amigo (risas). El primero me dijo que no. Lo llamé a Santiago Artese, que juega de segunda línea en el SIC, mide dos metros y pesa 100 kilos. Me llevé un guardaespaldas. El director del penal cuando me vio, me preguntó: “¿Qué hacen acá? ¿Sabés la cantidad de gente que me dice que viene y no viene nunca más?”

¿Quiénes se sumaron esa vez?

En la Unidad 48 hay doce pabellones. En el 1 estaban los evangelistas, que se portan bárbaro y así va bajando la conducta hasta llegar al 12, donde está todo quemado y hay un muerto por mes. “Tráeme evangelistas”, le pedí para empezar, y me trajo a un evangelista. De repente, se sumaron nueve más. Todos del pabellón de mala conducta. El director me decía que eran los peores de la cárcel, que no podía garantizar mi seguridad, pero ya no podía arrugar. Vamos a entrenar igual. Entren. Guardias afuera. El evangelista estaba temblando. Les dije: vamos a enseñarles a jugar al rugby. Primero, vamos a empezar con una entrada en calor. No se movió nadie. Empecé a los gritos: muchachos corriendo para allá. Se dieron media vuelta y empezaron a correr. Les enseñamos a tacklear. Arrodillados, parados, pase para atrás, partido. Estaban fascinados con el tackle. Cuando terminamos, me preguntaron: ¿Van a volver una vez más? Yo ni lo había pensado. Les contesté: “Todos los martes, 9.30”.

¿Cómo surgió el nombre Los Espartanos?

Uno de los que estaba en el primer entrenamiento me dijo que veía la película 300 (donde se relata la batalla de las Termópilas) todas las noches y que el equipo se tenía que llamar así. Para el segundo entrenamiento ya eran Los Espartanos. 300 (soldados espartanos) contra 30.000 (persas) ¿vamos? Vamos. Vamos a perder. Vamos.

Dos horas después, en la Unidad penal 48 ubicada en José León Suárez, la práctica termina como siempre. Los Espartanos forman una ronda y escuchan las palabras de Coco que, como entrenador y padre de ocho hijos, sabe hablarle a un equipo: “Buen trabajo, muchachos. Mañana se va Richard. En el grupo siempre hay alguien que se hace notar y alguien que va más despacito. Richard es de perfil bajo, pero siempre acompañó y ahora le consiguieron un laburo”.

Richard es bajito; en el juego, escurridizo y con actitud para tacklear. Es su último día en la cárcel. Luego de nueve años, sale en libertad y dice que esta noche no va a poder dormir. “Coco se mete mucho con nosotros. Me enseñó a llevar los valores del rugby a la vida. Nos damos cuenta de que podemos. Si vuelvo a la cárcel, es para jugar”, dice con sonrisa tímida, pero permanente.

El capitán de Los Espartanos es Gabriel Márquez Ramírez. Toda la rudeza que desplegó en la cancha hace unos instantes se desmorona cuando dice: “Si hoy tuviera a la persona que le hice daño, le pediría perdón de rodillas”. Gabriel fue detenido por robo calificado con lesiones graves. “Coco no piensa sólo en nosotros, también piensa en los de afuera. Esto es para que no dañemos a otras familias cuando salgamos. Está pensando en todo. Imaginate ese corazón”, dice el capitán.

A un costado de la cancha, con la frente transpirada y la gorra para atrás, resopla un joven alto de espalda imponente, preso hace seis años y dos meses. “Si no fuese por Coco, estaría en un pabellón lastimado. Pensando, como todos acá, en salir a robar. Ahora pienso en cómo hacer un pase, un scrum, cómo practicar un line”, dice Matías, el Colo, que saldrá en libertad en mayo. Tiene varias cicatrices, pero la que muestra orgulloso se la hizo jugando al rugby. “No como esta otra, que me la hice por defender mis cosas acá adentro.” Esa está en la panza, recuerdo de una puñalada con una faca. “Una vuelta estaba re enojado. Fui con bronca a tacklear y, después, terminó el partido y me olvidé de todo. Es como un relax. Después de todo esto, quedás re tranquilo. Coco es como un papá. Nos salvó la vida.”

En la espalda, el Colo lleva tatuadas las palabras que les dedicó el papa Francisco a Los Espartanos en un mensaje grabado. Francisco los felicitó y les dijo que lo que hacían, al jugar al rugby, era como aquel canto de los que suben montañas: “En el arte de ascender lo importante no es no caer, sino no permanecer caído”. Lleva esa frase para siempre y debajo un: “Gracias, Coco”.

En estos casi ocho años “nunca nadie del equipo se peleó con otro”, resalta Oderigo cuando se le pregunta si descargan violencia a través del juego. “¿Cómo no se matan?, me preguntan. Van, se tiran a toda velocidad, se chocan y todo termina en ese tackle. ¿Qué pasa adentro de esa cancha que genera todo lo contrario? Si parecen señores. Canalizan y descargan la violencia en un ámbito de competencia. El rugby les da sentido de pertenencia. Ellos no pertenecían a nada. Ahora pertenecen a Los Espartanos. Se tatúan el escudo. Están orgullosos. Con este espíritu de equipo se rompió toda la dinámica carcelaria. Vuelven a la cárcel para entrenar. Hoy volvieron a jugar dos que ya están en libertad.”

Es notable también cómo cuidan el pabellón 8 (exclusivo de Los Espartanos), donde conviven..

Es sagrado. Ponen fotos, lo pintan: están en los detalles. Hacelos valiosos a ellos y ellos van a valorar a quien tienen al lado y todo lo que los rodea. En este pabellón les dan botines a los nuevos que llegan. Cuando la regla general es que te roben todo cuando entrás. Tampoco hay pastillas. Es un lugar totalmente distinto dentro del contexto carcelario. Empiezan a pensar en el otro, antes que en ellos. Sorprende la generosidad que tienen.

¿Cuál es la principal diferencia entre el preso que juega y el que no?

Me agarró una psicóloga que trabaja en la cárcel y me dijo: “Yo me doy cuenta de quién juega en Los Espartanos y quién no”. El que juega al rugby te mira a los ojos. El preso normal mira para abajo. El que juega al rugby escucha. El otro habla sin parar, te utiliza, no puede escucharte. El que juega al rugby te toca, te abraza. El otro es más para adentro. Esto lo conté hace unas semanas en una charla donde estaba Gustavo Zerbino, uno de los sobrevivientes del accidente en los Andes en 1972. Me dijo que el rugby y rezar el rosario (actividad que también realizan todos los viernes en el penal) les salvó la vida. Zerbino contó que los primeros días, cuando se congelaban adentro del avión, se juntaban y se ponían los pies de otro jugador en el pecho para hacerles masajes con las manos y darse calor. Mientras, rezaban un Ave María cada uno y se iban turnando. Si uno de pronto se quedaba dormido a las tres de la mañana, después le tocaba el turno del rezo y se despertaba. El rosario los mantenía despiertos y el contacto físico, propio del rugby, hacía que conservaran el calor.

¿Qué es lo primero que cambia en ellos?

Se olvidan de que están presos. Muchos toman pastillas para olvidarse de que están ahí, con las consecuencias que eso trae. Los que juegan al rugby lo logran de otra forma.

¿Cuál es la transformación que más te sorprendió entre los casi 600 espartanos?

Al que le decían el rey de la faca está jugando hoy con nosotros. Estuvo en distintos penales; lo echaban de todos por lo malo que era. Era el dueño; hacía lo que se le cantaba y conseguía la mejor ropa. Contado por muchos presos que le tenían terror, no lo podían tocar a la hora de pelear. Se para como un mono y es todo músculo. Nunca perdió una pelea. Cuando llegó a la Unidad 48 lo llevaron a los buzones, el peor lugar de castigo. Empezó a gritarme desde ahí para entrar a jugar. Justo estaba el director jugando con nosotros así que lo autorizó, aunque no estaba muy convencido. Tenía que empezar cuanto antes, porque para los que se portan bien ya está. Estamos acá para los que se portan mal, los que van a hacer daño. A ese traémelo a la cancha. Sí, mandámelo. El flaco salió de los buzones a la cancha como un león enjaulado. Estaba como loco. No se la pasaba a nadie. Estuvo dos horas desahogándose después de haber estado encerrado tanto tiempo.

¿Y cómo lo controlás ahí?

Era difícil. Al silbato ni bola. Y ahí tuve que hablar. Le expliqué que el deporte se juega de a quince. No es solamente agarrar la pelota e ir para adelante como si fueses el único. Acá es un equipo. Y empezó a ver que había otros que jugaban muy bien; empezó a confiar en el resto. Hasta que se pasó al pabellón de Los Espartanos. Ya no había faca, no robaba ropa sino que la regalaba. Empezó a contar su realidad. Son trece hermanos; su madre lo tuvo a los trece años. Sus otros hermanos todos trabajan y él siempre se creyó la oveja negra. Entró por robo a la cárcel y ahí mató a un preso, entonces le pusieron nueve años más. La primera vez que salió a jugar afuera no lo podía creer. Fue un partido en el SIC y empezó marcando dos tries espectaculares. Y ahí nomás lo saqué de la cancha para que trabaje la humildad. Claro que me estaba jugando la vida; él tenía una bronca y lo tenía atrás (risas). Hoy lo ves y es uno más.

¿Cómo es hoy la relación de Los Espartanos con los agentes del servicio penitenciario?

No se pueden ver; es una cosa de piel. Pero eso empieza a aflojarse. Uno de los directores empezó a jugar porque le gusta el rugby. Se empezó a sumar. Empezó a interactuar. Todo cambió.

¿Por qué?

Al principio era todo derribar muros. Primero, salir a jugar a la calle, a una cancha de verdad. Me respondían que era imposible. Luego, empezaron a darse cuenta de que la violencia desaparecía en los que jugaban al rugby, que eran los peores. Esto, ¿qué es? ¿Magia? Empezaron a darnos la derecha. Entonces, en vez de sacarlos a hospitales porque están todos agujererados por facas, se están llevando bien, se respetan. Empezaron a ver eso. Con sólo dos horas semanales mejoraban. Fabián Venzi (antiguo director del penal) fue el primero en decirme: “Coco, lo que vos quieras, porque esto nos hace bien a todos”.

Por año, 600 presos salen en libertad de las cárceles bonaerenses. Casi el 50% reingresa al sistema penal. Según destaca el ministro de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, Gustavo Ferrari: “Coco está abriendo cabezas y posibilidades de futuro a montones de chicos. Tiene cero afán de protagonismo. Alienta a que se haga en todos lados sin importarle el copyright. Hay que rendirse ante la evidencia: el deporte, el trabajo y la educación bajan la reincidencia”.

En estos ocho años, casi 600 personas privadas de su libertad pasaron por Los Espartanos. “Habrán salido en libertad 450 de los que vinieron con nosotros, pero volvieron sólo 6 -detalla Coco-. En Los Espartanos la cifra de reincidencia no llega al 5%. ¿Qué significa? Hay casi 300 delitos menos: homicidios, robos con armas. Por lo general, cuando salen en libertad, vuelven por un delito igual o peor. Lo importante son las 300 familias que no fueron agredidas.”

A pocos metros de la cancha, un hombre pega su cara a la reja verde desteñida. Por una ventana estrecha de forma rectangular, saca la nariz para afuera. Está en los buzones, el pabellón de castigo. Mira concentrado el juego de Los Espartanos. Muchos internos ven por primera vez jugar al rugby desde ese lugar.

Pensarse afuera

Eduardo Oderigo nació el 2 de noviembre de 1970 en Capital Federal. Se crió en Belgrano hasta los 8 años y fue al Colegio Esquiú. Luego, la familia -tiene dos hermanos varones y dos mujeres- se mudó a Martínez y él terminó sus estudios en el Colegio Marín. De padre y abuelo abogados, Eduardo siguió sus pasos y trabajó durante quince años en distintos juzgados.

Sus ganas de trabajar al lado de su padre, figura clave en su vida, lo llevaron a abandonar el sueño de convertirse en juez y a mudarse al estudio jurídico de la familia. “A él le había quedado como un agujero cuando dejó el juzgado -dice su mujer, Magdalena Moreno Vivot, madre de sus ocho hijos-. Él buscó rellenarlo y juntarlo con el deporte, que siempre le encantó.” Sobre su vida antes de armar Espartanos Rugby Club, Coco dice que económicamente estaba mejor, que tenía más tiempo para su familia, pero le faltaba algo. “Sentía un vacío.”

“Hay hombres que nacieron para ser locomotora y otros para ser vagones. Vos sos locomotora”, le dijo un maestro cuando tenía 12 años. Eduardo era muy inquieto. La pelota que primero dominó fue la de fútbol; tenía cuatro años cuando su papá lo llevó a jugar al SIC. A los 8, conoció la ovalada, pero el juego no le resultaba tan fácil. Quedaba entre los últimos cuando armaban los equipos antes de jugar. “El rugby me enseñó a ser humilde y a tener paciencia. Llegué a jugar en Primera recién a los 24, cuando muchos lo hicieron a los 19, 20”, dice mientras camina por el club. Cae la tarde en la sede arbolada del SIC. Eduardo posa para las fotos y cruza los brazos; un gesto inusual en este hombre de acción. Un chico de unos 8 años que pasa por ahí lo reconoce y codea a su amigo: “Es el de Los Espartanos; el que juega en la cárcel”.

Mientras maneja su auto, Coco critica a la gente que va por la vida bajando línea. Prefiere no embanderarse con ningún partido político ni caer en extremos religiosos. Es fundamentalista en contra de los fundamentalistas. “Salgo disparado. Sacan lo peor de mí.” En el asiento trasero de su auto modesto viaja la camiseta amarilla y naranja de Los Espartanos; en la guantera, un desodorante, una botella de aceite lubricante y el cargador de celular. Lo indispensable. “No me meto en el discurso de que los presos son víctimas de la sociedad, que no tuvieron oportunidades y sólo les quedó salir a robar. No estoy de un lado ni del otro. No queremos que salgan ni un día antes, pero hay que hacer algo por ellos. Nosotros generamos un vínculo, unimos puntas. También intentamos conseguirles trabajo.”

¿Cuál fue el mejor cumplido y la peor crítica por tu trabajo con Los Espartanos?

El más lindo me lo dio Tomás Beccar Varela hace un mes cuando me llamó. Había sido su entrenador en el SIC y el año pasado lo llevé a ver a Los Espartanos a la cárcel. Cuando su padre fue agredido, Tomás me llamó y me dijo que quería ayudar al chico que había entrado en su casa a robar. Quería llevarlo al pabellón de Los Espartanos para que cuando salga no robe nunca más. ¿Lo viste jugando hoy? Me dijo que, como él no sabe escribir, va a pedir ayuda para enviarle una carta a la familia y pedirle perdón. Todo empezó con el llamado de Tomás. A los 18 años, nos viene a enseñar a dar segundas oportunidades. A él le pareció lo más natural del mundo.

¿Y el peor comentario?

Me dicen que hago esto porque a mí no me pasó. “El día que te pase, no vas más. No pierdas el tiempo. Que se pudran. Se merecen lo peor y vos vas a enseñarles a jugar al rugby.” Pero ellos están todo el día, mientras nosotros estamos hablando acá, cargándose de bronca y maltratados. Salen aproximadamente 60 personas por día en libertad de las cárceles bonaerenses. Salen y no les dan trabajo. ¿Qué saben hacer? ¿Qué vas a hacer con la cantidad de gente que está llena de resentimiento en la cárcel esperando el momento de caerte a vos y a mí?

¿Algún partido para recordar?

Cuando jugamos contra los jueces y fiscales en el Estadio Único de La Plata. Lo habíamos hecho antes en Virreyes y salió muy bien. Se enteró Agustín Pichot, vino a la cárcel a entrenar y propuso hacer el mismo partido en la preliminar de Los Pumas-All Blacks. Cuando terminó el partido, se acercó al medio scrum de nuestro equipo y le ofreció trabajo para cuando saliera en libertad. Un tiempo después, le mandé un mensaje a Pichot para avisarle que ya estaba afuera. Estuvo todo este año trabajando con él y tiene contrato para el año que viene [en www.fundacionespartanos.org/dona hay opciones para colaborar].

¿Cuál es el mayor desafío para una persona privada de su libertad?

El primer partido que tienen que ganar es contra ellos mismos. Tienen que convencerse de que si ellos no cambian, no pueden cambiar nada. Cuando se tiran para abajo, el equipo los levanta. Generalmente, sale la peor versión de los presos de la cárcel. Queremos que salga la mejor versión de ellos mental, física y espiritualmente.

1970

Eduardo Oderigo nace el 2 de noviembre en Capital Federal

1988

A los 18 años comienza a trabajar como meritorio en un juzgado de menores. Años después se recibirá de abogado penal en la Universidad de Belgrano

2009

Comienza a entrenar todos los martes al equipo de rugby Los Espartanos en la Unidad Penal 48 de San Martín

2015

Invitados a una audiencia con el papa Francisco, viajan 30 personas: entrenadores, voluntarios y diez espartanos que ya se encontraban en libertad. “Pensamos que era como la frutilla del postre, pero el Papa nos mandó a seguir trabajando”.

2016

En 18 cárceles argentinas ya se juega al rugby. Alrededor de 15 empresas colaboran con donaciones o dan oportunidades de trabajo a los jugadores de rugby que salen en libertad

El futuro

“Vamos por más. Mi sueño sería llegar al mundo. Todos ganan con esto: el Estado, los presos y la sociedad en general. Hace dos meses armamos la Fundación Espartanos. Queremos mejorar las canchas en todas las cárceles”

Fuente Diario La Nación.

Fundación EspartanosEduardo Oderigo: “Queremos que salga la mejor versión de ellos de la cárcel”
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Los Espartanos, el valor del rugby en la cárcel

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Espartanos-Rugby-Club-TyCSportsEn medio del furor del rugby por lo que está haciendo el seleccionado argentino en el Mundial de Inglaterra 2015, en Sportia te mostramos a Los Espartanos, el equipo que se formó hace siete años en la Unidad Carcelaria Nº48 de la provincia de Buenos Aires.

El Pabellón Nº8 es el lugar de encuentro y en este nuevo informe de Andrés Burgo te invitamos a conocer lo que piensan el entrenador, Eduardo Oderigo, y alguno de los integrantes del equipo.

Link a la nota y al video: TyC Sports

Fundación EspartanosLos Espartanos, el valor del rugby en la cárcel
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Los Espartanos, historia de un equipo de rugby que nació en una cárcel

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Espartanos.Rugby-Club-InfobaeAlgo impensado: en un penal de máxima seguridad de la provincia de Buenos Aires, un deporte “violento” contribuyó a bajar la reincidencia. Un documental reconstruye la historia. Los protagonistas hablaron con Infobae.

El equipo de rugby “Los Espartanos” podría integrar la lista de los “inventos” surgidos un poco por azar, pero cuya aparición produce grandes cambios. Los más notorios, en este caso, fueron la reducción del porcentaje de reincidencia en el delito entre los convictos que recuperaron la libertad y, a través de la incorporación de los valores del deporte, cambios en el comportamiento de los involucrados, tanto dentro como fuera del penal y que repercutieron en todo su entorno.

“QUEDÉ SHOCKEADO CON LO QUE VÍ EN EL PENAL 48, DE MÁXIMA SEGURIDAD”

Al menos eso fue lo que destacó Eduardo “Coco” Oderigo, abogado penalista, ex jugador de Rugby y actual entrenador de Los Espartanos, que contó a Infobae cómo comenzó esta aventura: “Llegué de casualidad, a principios del 2004 por pedido de un amigo que quería conocer una cárcel. En esa época trabajaba en Tribunales y él insistía con que quería ir a una…, fue tal su insistencia que al pasar por el Camino Buen Ayre vi una a la altura de San Martín y allí fuimos. Era el Penal 48, de máxima seguridad: él se dio el gusto de conocerla y yo quedé shokeado con lo que vi”.

En pleno encuentro: Los Espartanos jugaron con un equipo conformado por fiscales en La Plata.

“¿HAY GENTE VIOLENTA Y VOS QUERÉS HACER UN DEPORTE VIOLENTO?”

Solamente el cuerpo de Odoriego pudo salir de la Unidad 48, su mente no. Seguía allí pensando en qué hacer ante la realidad que acababa de conocer y que, pese a ser un hombre de ley, ignoraba: “Al poco tiempo volví. Regresaba a mi casa y fui a la cárcel, solo, y hablé con el director. No sabía por qué, pero le dije que quería enseñar a los presos a jugar al rugby, lo que mejor sabía hacer. Me miró como pensando en que estaba equivocado.´Hay gente violenta y ¿vos querés hacer un deporte violento?´, me preguntó. Le conté que el rugby tiene valores que era importante fomentar, entonces me propuso que volviera luego. Era viernes y regresé el martes siguiente. Ese día me dijo que podía empezar”, recordó emocionado y contó que el director del penal lo llevó a conocer los pabellones: “Había 12 con más de 30 presos cada uno.. Me los mostró. En el pabellón 2 estaban los evangélicos y en el 12 había enfrentamientos graves que terminaron en muertes… Le dije que empecemos por el pabellón 2… Así empezamos”.

En ese primer encuentro de 2009 hubo nueve reclusos del pabellón religioso, luego comenzaron a sumarse de otros. Cada martes más hombres se incluían. Hasta el momento, 400 presos fueron espartanos que, entre tries y scrums, aprendieron a darle otro sentido a su vida.

“Ellos estaban ansiosos por la posibilidad de poder disputar un partido, así que formé un equipo de amigos para jugar adentro del penal. Si hay algo que jamás olvidaré es su alegría, sus gestos, lo que vi el día que se jugó ese partido. El cambio desde el día que llegué al penal hasta que jugaron por primera vez fue tremendo. Algunos no se animaban a jugar fuerte o a tirarse a la piso, pero después lo fueron haciendo”, rememoró el técnico y amigo de los espartanos. Luego llegaron los partidos afuera del penal.

De la locura a los cambios evidentes: “El rugby logró que baje el índice de reincidencia”

Los datos estadísticos aseveran que el 65% de los presos que recuperan la libertad vuelven a cometer delitos, del mismo tipo penal o más graves. Por ejemplo, si un hombre fue detenido por robo a mano a armada, es probable que regrese por homicidio en ocasión de robo. Esto sucede, en parte, porque durante el tiempo de reclusión no hay nada ni nadie que colabore para que la persona pueda ser reinsertada a la sociedad, por las escasas o nulas oportunidades laborales con las que luego se encuentra.

“LOS QUE SALIERON NO VOLVIERON A ENTRAR. LOS PRESOS SALEN CON UNA CARGA TREMENDA DE VIOLENCIA QUE ELLOS LIBERARON DENTRO DEL CAMPO DE JUEGO”

Al parecer, que los presos jueguen al rugby pudo retrucarle a esas cifras, por lo que hoy el porcentaje, en ese caso, es de 10 por ciento. “Hasta el momento pasaron por el equipo más de 400 internos, hoy son 40 los que entrenan, provenientes de distintos pabellones. Pero desde hace un tiempo hicimos un pabellón de rugby y eso generó muchas cosas positivas como despertar en ellos los valores del deporte. Por ejemplo, algunos no tenían visitas y el que si las tenían compartían la comida, hasta la ropa. Hoy comen todos en una mesa, se sientan juntos, en equipo. Eso es muy positivo y lo mejor es que bajó mucho el nivel de reincidencia del delito: los que salieron no volvieron a entrar y en Argentina los presos salen con una carga tremenda de violencia que ellos lograron liberar adentro del campo de juego. Eso hace que la conducta general sea positiva”, apuntó Oderigo.

“NO HAY QUE ESPERAR QUE EL GOBIERNO DE TURNO HAGA ALGO, HAY QUE INVOLUCRARSE”

Fueron tales los cambios de los jugadores de su equipo que ni las familias de los internos lo pueden creer: “La realidad es que muchos de los que salieron, hoy trabajan, y que hubo quienes se animaron a darles trabajo. Muchos ex presos entraron en un círculo virtuoso. ¡Hay que verlos cómo se desarrollan en la vida!”, subrayó Oderigo y explicó que lo que él hizo fue meter un deporte de gente pudiente en una cárcel y de una manera distinta “para que mañana les cambie la cabeza y el corazón, es estar un paso adelante. Podemos cambiarlos para que no arruinen a más gente… Esto se puede hacer por un acto solidario, de justicia o hasta por el temor de que mañana salgan y maten, porque en la provincia de Buenos Aires hay más de 50 cárceles y en varias juegan al rugby, entonces la violencia les baja internamente. Salen y se portan bien, eso significa que hay que meterse como sociedad, si está la oportunidad de darle trabajo hay que dársela, no solo hay que esperar que el gobierno de turno haga algo, uno tiene que involucrarse”.

“Ser parte de Los Espartanos me ayudó para cambiar mi vida”

Ariel fue detenido y condenado por robo calificado por portación de arma y condenado a 7 años y 2 meses de prisión. Al llegar a la Unidad Penitenciaria 48 no respetaba a la autoridad y sus primeros días en ese penal no fueron buenos debido a su conducta. Uno de sus compañeros, ya conocedor de su amor a los deportes, le contó que en la prisión existía un pabellón integrado por Los Espartanos, el equipo de rugby que había nacido tiempo atrás en la prisión. “Al principio mucho no lo entendía. Creía que eran unos locos que se golpeaban entre ellos, hasta que me metí y fui parte de esos locos”, contó a Infobae uno de los jugadores del equipo nacido detrás de los muros y continuó: “Llegué ahí por necesidad porque tenía problemas de convivencia y allí (en el Pabellón 8) me recibieron muy bien. Me dieron la oportunidad de estar y dejé que el deporte sacara lo mejor de mi. Pude esforzarme y salir a jugar afuera. Eso fue algo increíble, una emoción que nunca antes experimenté. Después tuve la oportunidad de ser el capitán del equipo por dos años (2013-2015), que primero integré y que después empecé a sentir como propio”.

“OJALÁ QUE EL RUGBY, Y CUALQUIER OTRO DEPORTE O ARTE, PUEDA ENSEÑARSE A LOS CHICOS ANTES, PARA EVITAR QUE VAYAN PRESOS” ARIEL, EX CAPITÁN DE LOS ESPARTANOS

El ex capitán espartano salió en libertad en abril de este año y, desde entonces, trabaja en un depósito de indumentaria deportiva, pero no se alejó del equipo que le cambió la vida. Por el contrario, entrena solo, como “Coco” le enseñó y participa de cada partido que Los Espartanos disputan fuera del penal. “Antes de ellos no llevaba una buena vida adentro del penal, pero entrar me hizo bien y empecé a mirar las cosas desde otro punto de vista. Nunca pensé que podría estar tranquilo conmigo mismo y sin hacer cosas solo porque las hacen los demás, porque uno no siempre hace las cosas porque las siente sino por el qué dirán, pero estando con ellos empecé a hacer las cosas que realmente sentía y a tomar mis propias decisiones, que era hacer lo que mi corazón decía”, confesó telefónicamente Ariel, luego de una larga jornada de trabajo.

“HUBO PUMAS QUE JUGARON CON NOSOTROS Y DESPUÉS SE QUEDARON A REZAR EL ROSARIO CON NOSOTROS”

Fue capitán y vivió la emoción de poder jugar algunos partidos afuera de la cárcel: “El poder estar un rato en libertad ya era un partido ganado; lo importante era estar libre y demostrar que podíamos trabajar en grupo. Aprendimos a ser solidarios y humildes. Entré sin respetar a las autoridades y salí con la mentalidad cambiada porque entendí que el rugby puede abrir otras puertas, por la gente con la que nos rodeamos, con quienes nos visitaban. Hubo Pumas que jugaron con nosotros y que después se quedaron a rezar el rosario con nosotros”.

Estando en prisión, Ariel entendió que lo que hizo no estuvo bien y sabe que jamás volverá a cometer un delito porque aprendió a vivir de otra manera, porque hubo quien lo ayudó a demostrarse a si mismo que era capaz de vivir de otra manera. “Mis viejos son gente de trabajo, yo me equivoqué solo, pero ahora tengo herramientas para no volver a hacerlo. Ojalá que el rugby, y cualquier otro deporte o arte, pueda enseñarse a los chicos que hoy están perdidos antes de que se equivoquen, pero para que no haga falta que lo jueguen en la cárcel, sino para evitar que lleguen a hacer una cagada y estar presos”, finalizó.

La historia de los Espartanos en un documental

Atómica Producciones presentó el documental que refleja la historia del equipo de rugby integrado por presos de la Unidad 48, de máxima seguridad. Fue grabado en 2014, casi en su totalidad dentro del penal, donde sus productores compartieron la intimidad del pabellón y las celdas.

Consiste en un recorrido de la historia del equipo, de la vida de sus jugadores y de la transformación que produjo el deporte en ellos.

Link a la nota: Infobae

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Rugby Rehabilitation in an Argentine Prison

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Los-Espartanos-3After finishing an emotionally wrenching project on children with leukemia, Rosario Heer wanted to photograph something lighter. A chance meeting with Diego Claisse, a rugby coach, got her to thinking: Wouldn’t it be nice to spend time taking pictures of rich kids tussling on the field at one of Buenos Aires’s exclusive rugby clubs?

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