Los Espartanos en medios franceses

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La revista “Tampon!” de Francia publicó una nota sobre Los Espartanos: “Rugby entre las rejas”

Texto: Ricardo Mestre

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Eduardo “Coco” Oderigo se pasó más de diez años metiendo en la cárcel a secuestradores, ladrones y gente de mal vivir. Hasta que un día de 2009, y por insistencia de una amigo, decidió darse una vuelta por el penal de San Martín, a las afueras de Buenos Aires, para comprobar cómo vivían todos esos maleantes que infringían la ley. Al abogado Oderigo no se le iban de la cabeza las imágenes de los internos en el penal. Aficionado tardío al rugby, pensó entonces que ese deporte lleno de valores podía ser la excusa perfecta para atraer a los presos hacia una actividad que influyera en una rehabilitación adecuada. Así nacieron Los Espartanos, el equipo de rugby del penal de San Martín que ya se ha batido en el campo contra policías y fiscales y cuyas hazañas han llegado incluso a las puertas del Vaticano.

Pero Los Espartanos (bautizados así por un amigo de Oderigo amante de la película “Los 300”), es más que un club. Mucho más. Es toda una filosofía de vida. El particular club de este abogado porteño de 45 años tiene por sede el penal de máxima seguridad de San Martín, enclavado en las afueras de Buenos Aires junto a un basurero gigantesco que escupe hollín las 24 horas del día. Ahí -en el pabellón 8 de la cárcel- se encuentra el banquillo del equipo, 39 hombres condenados por diversos delitos a los que ahora les une un mismo propósito: la rehabilitación a través del rugby y el empeño en rehacer unas vidas desahuciadas desde la adolescencia. Más de 300 ex presos han pasado ya por la “terapia” de Los Espartanos: entrenamientos diarios en el patio de la prisión, un rezo del rosario colectivo todos los viernes y una constante disciplina para cambiar la mente “al cien por cien” asumiendo valores como el compañerismo, la humildad y el respeto por el otro. El rugby como redentor de almas perdidas.

Los bravos espartanos ya se han batido en la cancha muchas veces. Hace dos años jugaron en el Estadio Único de La Plata contra un grupo de jueces y fiscales. Los mismos jueces y fiscales que les meten entre rejas. Y en otro memorable encuentro se enfrentaron a un combinado de la policía metropolitana. Ladrones y agentes del orden dándose empujones para disputarse una pelota ovalada. En la cancha, todos iguales. Los muchachos de Oderigo son disciplinados. Y saben que si no se equivocan, enderezarán sus vidas. El escaso nivel de reincidencia de los ex presos “espartanos” (no llega al 5%) sorprende si se compara con el promedio oficial que registra la conflictiva provincia de Buenos Aires (por encima del 50%). La apuesta de Oderigo es tan seductora que ya hay réplicas en 18 cárceles argentinas.

“Le propuse al director del penal de San Martín entrenar a un grupo de presos y accedió”, cuenta Oderigo en uno de los patios de la prisión donde los Espartanos están a punto de comenzar el rezo del rosario, una práctica que realizan todos los viernes del año. A los presos les gustó la idea de descargar su energía en un juego agresivo pero con reglas que cumplir, les gustaba taclear al adversario pero sin que eso supusiera tener que liarse a puñetazos como en las calles del barrio. “Al principio -cuenta Oderigo- teníamos presos de distintos pabellones y no fue muy fácil armar el equipo”.

Después todo se centralizó en el pabellón 8. Allí sueñan hoy 39 espartanos con rehacer su vida cuando cumplan su condena. Junto a varios carteles de Jesucristo, no faltan en el pabellón las fotos de sus encuentros más laureados, como el que jugaron contra el grupo de fiscales o el que les enfrentó a sus enemigos naturales: el cuerpo de la policía metropolitana.

El patio del pabellón 8 se ha convertido desde hace cuatro años en una suerte de lugar sagrado cada viernes del año, cuando los Espartanos atienden el rezo del rosario. Para Oderigo se trata de una actividad complementaria al rugby: “Le dio un plus importantísimo al proyecto; empezó a venir mucha más gente”. En ese encuentro espiritual participan los presos y un puñado de amigos y conocidos de Oderigo, jóvenes y mayores pertenecientes a la clase alta argentina. Es una mezcla curiosa. Empresarios entrados en los 40 y sus hijos adolescentes pertenecientes a la alta sociedad porteña se hermanan con aquellos que provienen del estrato social más bajo del sistema. Los Audis y las camionetas de alta cilindrada aguardan afuera, pero en el interior todos son iguales durante unas horas.

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“Para mí venir a la cárcel es como una adicción. Necesito venir, se te va todo el estrés que tienes adentro; yo vengo acá a buscar la paz en la cárcel. Yo pongo mi granito de arena pero también recibo mucho, es una ganancia espiritual la nuestra”, explica Jorge “El Negro” Mendizábal, empresario exitoso de una franquicia de comida rápida, entrenador ocasional de rugby y colaborador de Oderigo en un proyecto que, si se observara sólo en términos estrictamente económicos (algo que no es el objetivo de sus fundador ni mucho menos), sería beneficioso para el Estado. “Con el proyecto de siete años de Los Espartanos, ahora hay 300 tipos que ya no destruyen familias. Eso supone unos 40 millones de ahorro al año para el Estado”, según sus cuentas.

Pero la escasa reincidencia de los ex espartanos se mide en otros términos, mucho más provechosos para la sociedad. Casi todos los presos del pabellón 8 tienen un trabajo asegurado cuando salen de prisión gracias a Mendizábal y otros empresarios, y a la labor de un equipo de técnicos que se encarga de buscar empleo para los excarcelados. Más de 300 ex presidiarios han conseguido ya rehacer sus vidas.

Poco a poco, equipo de rugby de Oderigo ha ido cobrando fama. The New York Times retrató hace unos años a los guerreros espartanos, cuya leyenda llegó a oídos del Vaticano. El papa Francisco recibió el año pasado a una delegación de jugadores, coordinadores y funcionarios de la cárcel y les animó a continuar con el proyecto. “Nos dijo que esto recién empezaba y que tratáramos de continuar y replicar el proyecto en más lugares de Argentina”, cuenta Oderigo. Y ahí siguen. En el penal de San Martín, donde arrancó el proyecto, cada martes y viernes se juntan dos mundos. Rezan, charlan, bromean, juegan al rugby…

Gabriel Márquez es el capitán de los Espartanos. Acaba de cumplir 23 años y le quedan todavía seis años para salir de prisión. La juventud perdida por unos pesos. Sabe que su condena de diez años es un regalo divino para los cargos que le imputaron: robo calificado, portación de armas, intento de homicidio… No ha salido mal parado después de todo. Más que arrepentido parece enojado consigo mismo. Enojado con la vida que le tocó vivir, con su infancia en una familia de pobres entre los pobres, con los errores cometidos.

Embarrado después de un duro entrenamiento, Márquez mira a los ojos a los jóvenes voluntarios de la exclusiva zona de San Isidro (en la privilegiada zona norte de Buenos Aires) y vuelve al juego. No hay resentimiento en su mirada. Tampoco trasluce desconfianza Tomás Pistone, un chaval de 17 años, hijo de un ex rugbier, que estudia en el exclusivo colegio Newman de San Isidro (“Está bueno que se haga esta actividad porque así ellos descargan la bronca”). Todos iguales en la cancha.

Pese a su juventud, a Márquez lo eligieron capitán sus compañeros por encarnar -asegura- esos “valores que hay en el rugby”. Al joven delincuente, el deporte le ha abierto las puertas para poder ver más a menudo a su compañera y a su hija Ámbar, de un año. Ahora espera que la vida le dé una segunda oportunidad. En su localidad bonaerense natal, San Miguel, la delincuencia es moneda corriente. Perdidos los mejores años de su juventud, tendrá todavía mucha vida por delante. Y un pasado para olvidar: la pobreza y la marginalidad como compañeras habituales de una infancia vivida junto a once hermanos. “Si nacés entre un grupo de delincuentes -cuenta-, lo que vas a hacer es delinquir. Mis padres eran pobres cuando se conocieron; mi papá andaba en la delincuencia, pero mi mamá era evangelista y le cambió la vida a mi papá. Se separaron cuando yo tenía nueve años y yo me quedé a vivir con mi papá. Salía a trabajar de ambulante, yo casi no lo veía. Dos de mis hermanos estuvieron presos. Yo era un pibe problemático, tomaba cocaína, fumaba marihuana…”.

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Junto al capitán Márquez otro de los habituales en Los Espartanos es Alejandro Sandalie, 35 años, un wing (ala) rápido al que le cayeron 14 años y medio por robo. Cuando corre por la cancha como una gacela piensa en su hija Priscila, de tres años. Bueno, en ella y en sus otros cuatro hijos que tuvo con cuatro mujeres distintas. Cayó preso en 2003 por robar en una fábrica de donde pretendía llevarse, revólver en mano, unos 40.000 pesos, buena plata en aquella época. Pero el negocio salió mal. Apareció la policía y Alejandro se llevó de premio un balazo en el pie: “Fue una condena justa; en realidad me tenían que haber dado 25 años. Saqué plata a gente que trabajaba conmigo y los amenacé con armas”.

No hay espartano que no quiera contar su historia. Relatos de infancias atravesadas por una pobreza secular. Desventuras de unos villanos que son al mismo tiempo víctimas de esa selva que es el conurbano bonaerense y que carcome las vidas de millones de personas. Como la de Jonathan Acevedo, 28 años, un tipo espigado y parlanchín que ha convertido la celda que comparte con Alejandro en el museo de los Espartanos. El joven delincuente ha recreado en un tabuco de dos por dos algo parecido a los museos de los grandes clubes: paredes empapeladas de banderines y cartelitos de rugby y fútbol, fotos, camisetas, medallitas, bandejas, trofeos… Y mientras muestra esa pinacoteca kitsch, relata su odisea, una historia en la que él no es el héroe precisamente. Jonathan tiene una condena de 13 años. Y ya lleva seis entre rejas. Su delito: homicidio con ocasión de robo. “Sí -se sincera-, disparé y maté a una persona”.

Compañerismo, respeto, ayuda mutua, disciplina… Son los “valores” que repiten como un disco rayado todos los Espartanos. ¿Hasta dónde se les puede creer y hasta dónde responde su actitud -una extrema amabilidad con el visitante que desentona con los vituperios que se escuchan desde las celdas de otros pabellones menos glamourosos- al desasosiego y a la falta de expectativas vitales de todo presidiario? Es difícil saberlo pero sea como sea, los Espartanos cumplen las reglas -por convicción o interés- a rajatabla. Todos han dejado las drogas que consumían antes de recalar en el pabellón 8. Todos tienen claro que o se cambia al cien por cien o no se cambia. Todos, o casi todos, tienen familia, hijos. Todos sueñan con un trabajo al salir de la prisión. Y algunos, como Ariel Jorge, ya saben cómo se va a llamar su negocio: “Comidas Los Espartanos”. Ariel es uno de los más veteranos. Tiene 43 años. Atracó un concesionario de autos. Cocinero de profesión, está a punto de salir de prisión y ya ha decidido homenajear al equipo con su local de comidas: “Voy a hacer ñoquis con tuco (salsa de tomate), muchas pizzas y muchos churros”.

Dicen que en el pabellón 8 de la prisión de máxima seguridad de San Martín no hay peleas. Dicen que no hay discusiones. Ni drogas. Dicen que los internos se turnan para echar la siesta y también para escuchar música. Dicen que cada quien escucha lo que quiere sin molestar a los demás. Algunos, como Ariel, escuchan música evangélica: Jesús Adrián Romero y Marcos Witt son sus ídolos. Y dicen que todos tienen claro cuáles son las condiciones de vivir en ese pequeño remanso de paz. Quien no pueda con ellas -aclara Ariel- tiene la puerta abierta: “Algunos se fueron porque no se lo bancaban y seguían con su vida. Se tuvieron que marchar. Esto es para cambiar tu vida al cien por cien. Si no, es mejor que te vayas”.

Matías Nuesch, 29 años, se lo bancó. Lleva un tiempo sin entrenar porque anda, como otros tres o cuatro espartanos, con la pierna quebrada. El rugby no es un deporte para cualquiera. Matías juega de segunda línea. Para los equipos contrarios no debe ser fácil taclear a un tipo como un armario que asaltó diez gasolineras sin ayuda de nadie: “Me taclearon dos jugadores de un equipo de Hurlingham. Me pusieron diez tornillos y unas placas de 17 centímetros. Me tuvieron que quitar un hueso de la cadera para ponerlo abajo. Y ahora tengo que esperar a que me operen otra vez”.

Nuesch lleva seis años en la cárcel y dos años y medio en Los Espartanos. Recorrió once cárceles. En el pabellón 8 de San Martín -asegura- asentó la cabeza: “Agarraba al que estaba fuera en la estación de servicio y lo metía adentro. Después reventaba la caja y me llevaba la plata”.

Un récord que le podía haber salido carísimo. Si le hubieran aplicado la ley al pie de la letra le habrían caído tres años por cada asalto. Treinta años. En el negocio de la justicia, Matías fue avispado. De 30 años posibles, el juez le endosó 14. Su abogado logró regatear y al final firmó por siete. En la calle le esperan tres hijos. A la mayor, de doce, hace seis años que no la ve. “Quiero devolver afuera un poco de lo que me dieron acá los Espartanos”, confiesa.

Cuando Oderigo, Mendizábal y el resto de entrenadores y colaboradores escuchan reflexiones como la de Matías, sienten que su proyecto tiene sentido. “Cuando fuimos a ver al Papa -recuerda Mendizábal-, les dijo a los ex Espartanos que si él hubiera estado en su situación social, él habría caído preso también. Y luego les animó a seguir adelante”.

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El proyecto de Oderigo, cuyo bajo perfil hizo que al principio no le comentara a casi nadie en qué andaba metido, desentonó en un primer momento en el ambiente social en el que se desenvuelve: “Las críticas de nuestros amigos existieron. La cárcel no es lugar para ustedes, nos decían. Pero nosotros nos logramos meter por el medio. Y ahora casi está de moda y van muchos jóvenes y mujeres”. La perseverancia de Oderigo superó los resentimientos iniciales y logró romper tabúes. “Generamos empatía de los dos lados. Y unimos dos mundos que parecían irreconciliables. Es la imagen de esa unión entre el que más tiene y el que menos tiene tomando un mate y respetándose”. Hay una anécdota que siempre le gusta contar a este abogado porteño. En cierta ocasión, uno de sus ocho hijos, menor de edad, fue a jugar al rugby un día con los Espartanos y la experiencia le cambió su manera de ver a los demás: “Un día estaba en un cumpleaños y alguien le gritó ‘villeros’ a un grupo de chicos. Mi hijo se lo recriminó al instante y les explicó a sus amigos que la pobreza no era sinónimo de maldad”. Para Oderigo, esa actitud de su hijo justifica ya por sí sola toda su dedicación al proyecto.

Un grupo de espartanos rodea al grandullón Mendizábal al término del entrenamiento en el patio del penal de San Martín. Lo taclean y lo llevan en andas hasta el charco más grande de la cancha. Un segundo después, Mendizábal es un muñeco de barro. Todo son risas. Es una forma de agradecimiento. Mendizábal está lleno de barro pero se le ve feliz. Los Espartanos han vuelto a completar un entrenamiento bajo sus órdenes. Están en forma. Y el sueño de Eduardo “Coco” Oderigo sigue vivo.

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